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Una periodista, un jefe poderoso y una violación sin castigo



Una periodista, un jefe poderoso y una violación sin castigo

La periodista Claudia Morales. Foto: El Espectador


Tomado de Proceso
RAFAEL CRODA
10 de febrero de 2018

Dentro de la campaña #MeToo –que denuncia los abusos sexuales en Estados Unidos y otros países– la periodista Claudia Morales hizo público que hace años fue violada por “Él”: un personaje que alguna vez fue su jefe, que tiene gran poder en Colombia y que está habituado a “salirse con la suya”. Aunque ella no dijo quién es “Él” –por “miedo” y porque en ese país la justicia padece “grandes niveles de impunidad e ineficiencia”–, el revuelo fue inmediato y un tuit del periodista estadunidense Jon Lee Anderson lo atizó: escribió que en Colombia había ruido mediático por “violaciones presuntamente cometidas por el expresidente Álvaro Uribe”.

BOGOTÁ (Proceso).- Antes siquiera de tomar vuelo, la versión colombiana de la campaña #MeToo –promovida en Estados Unidos para denunciar abusos sexuales– se topó con un muro infranqueable: el miedo.

Y es que en Colombia, como en muchos otros países de América Latina, denunciar a un poderoso por un crimen atroz, como una violación, puede equivaler a una sentencia de muerte.

Eso es al menos lo que piensa la periodista Claudia Morales, quien el 19 de enero sacudió al país al revelar, en su columna en el diario El Espectador, que un hombre “relevante en la vida nacional”, y que fue su jefe, la violó hace varios años.

La periodista explicó que decidió hablar ahora, muchos años después de ocurrido el ataque, motivada por la campaña #MeToo y por el caso de Marcela González, una colombiana que en diciembre pasado denunció que su pareja, Gustavo Rugeles, quien tiene un portal afín al expresidente Álvaro Uribe, la agredía.

Morales detalló que la violación de la que fue objeto ocurrió en un hotel. Su jefe en ese entonces tocó la puerta de su habitación, empujó a la mujer, le ordenó callar y abusó de ella.

En su columna ella no identificó a su atacante. Sólo se refirió al agresor como “Él”; pero el mismo día que la publicó, dejó en claro en declaraciones a medios que se trata de un hombre muy poderoso que está habituado “a salirse con la suya” y que hay “evidencias que amplían su margen de peligrosidad”.

“Ustedes lo oyen y lo ven todos los días”, aseguró, y dijo que tiene tanto poder, que el productor estadunidense de cine Harvey Weinstein, acusado por varias actrices de Hollywood de abusar sexualmente de ellas, “es un pobre imbécil al lado de este personaje”.

De ahí el miedo de Claudia Morales y de ahí su decisión de no dar a conocer el nombre de su violador.

“Esa persona es capaz de muchas cosas –señaló–, porque ha demostrado que nada de lo que ocurra a su alrededor le puede hacer daño. Tiene todo el poder para salirse con la suya y yo sí creo que puede hacer mucho daño.”

De inmediato, en los medios de comunicación y las redes sociales comenzaron las especulaciones sobre la identidad del agresor.

Morales, de 44 años, tiene una larga y exitosa trayectoria profesional. Ha trabajado con periodistas muy conocidos y respetados en Colombia, como Julio Sánchez Cristo, director de la W Radio, y Yamid Amat, director del noticiario CM&. Ella siempre se ha expresado bien de ellos.

Entre 2003 y 2004 fue encargada de prensa internacional de la oficina de comunicaciones del entonces presidente Álvaro Uribe, a quien se comenzó a mencionar en los corrillos políticos y en las redacciones de los medios como el presunto violador de la periodista.

De entre todos los exjefes de Morales, el hoy senador y líder del partido Centro Democrático es, sin duda, el de mayor poder, el más conocido y un político de enorme peso, a quien millones de colombianos ven y escuchan todos los días en los noticiarios de radio y televisión y en las redes sociales.

Uribe tiene millones de seguidores que lo consideran un dirigente intachable, pero al mismo tiempo enfrenta unas 200 denuncias en la Comisión de Acusaciones del Congreso por interceptar los teléfonos de sus críticos y por sus presuntos vínculos con grupos paramilitares, responsables de miles de homicidios y crímenes atroces, según datos del congresista Alirio Uribe.

En busca de “Él”

En cuestión de horas la denuncia de Morales se convirtió en el centro de una acalorada discusión en redes sociales. No faltaron colegas que le reprocharon omitir el nombre de su violador; pero las muestras de solidaridad fueron mayoritarias.

Parecía que su caso impulsaría en Colombia la campaña #YoTambién, la versión en español de la etiqueta #MeToo que ha incentivado a miles de mujeres en Estados Unidos a denunciar acosos y abusos sexuales de productores y actores de Hollywood, políticos, empresarios y periodistas.

Entre los más conocidos personajes que en los últimos cuatro meses vieron cómo se desmoronaron sus carreras tras ser señalados como abusadores figuran los productores Harvey Weinstein y Roy Price, el periodista Charlie Rose, el congresista John Conyers y el actor Kevin Spacey.

Weinstein tiene al menos 18 causas criminales como presunto responsable de agresión sexual en Los Ángeles, Nueva York y Londres, mientras que la policía de Beverly Hills ha abierto unas 10 investigaciones contra celebridades de Hollywood implicadas en ese tipo de conducta.

Pero como dice Morales a Proceso, “Colombia no tiene el sistema de justicia que tiene Estados Unidos; aquí las cosas funcionan distinto”. La justicia colombiana, agrega, está “desacreditada por los altos niveles de impunidad e ineficiencia” frente a delitos sexuales, casos de corrupción, asesinatos de periodistas y líderes sociales, y en todos los crímenes en general.

“La impunidad –señala– es el sello de nuestro sistema de justicia. Y, por eso, cuando se dice ‘tenemos que encontrar al Harvey Weinstein colombiano’, yo pienso que eso nunca va a ocurrir. Porque además ésta es una sociedad muy machista, misógina en muchos sentidos y tremendamente hipócrita.”

Entonces, explica, “la justicia y la sociedad terminan por proteger a los poderosos de todas las escalas: desde el presidente, un ministro o el señor de la casa que viola a una empleada de servicio”.

Luego de la denuncia pública de Claudia Morales, las especulaciones sobre la identidad de su agresor ocuparon un lugar central en los medios y en las redes sociales.

No faltó quien recordara una columna que escribió la periodista en El Espectador en julio pasado, la cual se iniciaba así: “Por asuntos puramente personales, hace unos años decidí no usar Twitter ni esta columna para calificar lo que pienso de Álvaro Uribe”.

En el texto, Morales se refirió a una acusación que Uribe había hecho al periodista Daniel Samper Ospina, a quien llamó, sin evidencia alguna, “violador de niños”.

Morales escribió que eso era una difamación –un tribunal consideró lo mismo y Uribe se tuvo que retractar días después– y sostuvo que el expresidente debería ser más responsable porque las reacciones de sus seguidores “pueden acabar con la vida de sus focos de odio”.

Y agregó: “Cuando escribo acabar, hablo de matar”.

Además confesó, “con vergüenza”, que ella sentía miedo de Uribe, y que esa era una de las razones por las cuales nunca se había referido en sus escritos al ­expresidente.

El 22 de enero la periodista Paola Ochoa, quien en noviembre denunció haber sido víctima de acoso sexual por parte de un exjefe al que no identificó, escribió en el portal del diario El Tiempo sobre el violador de Claudia Morales: “Parecería que ya sabemos quién es”.

Y ahora que se sabe quién es, planteó Ochoa, “¿qué diablos vamos a hacer?, ¿nos vamos a quedar callados?, ¿vamos a permitir que nos siga hablando todos los días, por los próximos años?, ¿que nos siga mandando mensajes desde su púlpito sagrado?, ¿que nos siga diciendo qué hacer, qué pensar, qué sentir y hasta por quién votar?”.

Colombia está inmersa en una campaña electoral para renovar el Congreso el mes próximo y la Presidencia en mayo. Varios candidatos condenaron la violación a Morales, elogiaron su denuncia y le expresaron su solidaridad.

Rumbo inesperado

Uribe había eludido preguntas de reporteros sobre el ataque sexual a la conocida periodista colombiana, pero el 24 de enero, luego de que el periodista estadunidense Jon Lee Anderson mencionó en su cuenta de Twitter que había ruido mediático en Colombia por “violaciones presuntamente cometidas” por el expresidente, todo cambió.

Ese día Uribe escribió a sus cinco millones de seguidores en Twitter: “Omito comentar sobre el burdo ataque político, he sido decente con las mujeres a lo largo de mi vida”.

Y su partido, el Centro Democrático, aseguró en un comunicado que a Uribe lo han acusado de todo tipo de delitos y “ahora se utiliza como estrategia electoral la peor bajeza con que se le ha perseguido y atacado, insinuar que es un violador”.

El partido del expresidente señaló, además, que el actual esposo de la periodista, Mauricio Miranda, coronel retirado de la Policía Nacional, fue parte del equipo de seguridad de Uribe cuando éste era presidente (2002-2008), año en el que viajó a Australia con una beca institucional en compañía de Claudia.

De acuerdo con Uribe, recientemente Miranda le solicitó usar su nombre como referencia profesional, a lo cual accedió “por gratitud y aprecio al servicio prestado por el coronel”.

–¿Usted pensó que su denuncia iba tomar este rumbo? –se le pregunta a Morales.

–Yo sabía que esto podía sacudir distintos estamentos de la sociedad, unos para bien y otros para mal. Pero lo que yo no calculé jamás es que esto se fuera a convertir en una herramienta de uso perverso, político. En ningún sentido pensé que se podía politizar, porque no soy política ni tengo preferencias por ningún político. Siempre he sido defensora del voto en blanco.

–¿Y la politización del tema ocurrió porque se mencionó el nombre de Álvaro Uribe como el presunto violador?

–Sí, varias personas lo hicieron. Yo nunca lo hice.

–¿Y esperaba que él se diera por ­aludido?

–Pues estamos inmersos en una dinámica impuesta por las redes sociales. Esa dinámica, que antes no existía, hace que todo lo que pase en este país termine siendo de uso político. Estos ejércitos anónimos de las redes sociales tienen la capacidad de crear historias, fake news, montajes con fotos, y la gente lo cree. Pienso que el lío realmente está ahí.

Miles de uribistas convirtieron a la periodista en el centro de sus ataques. Desde el anonimato de las redes sociales la sentaron en el banquillo de los acusados.

Otros la atacaron con una inusitada rudeza. El dirigente del Centro Democrático, Fernando Londoño, dijo que Morales es una periodista “venida a menos” y que por ello “resolvió hacer un proceso de relanzamiento de su imagen a través del triste expediente de decirle a la gente que la habían violado”.

Algunos colegas le cuestionan a Morales que haya omitido el nombre de su atacante pero que al tiempo diera pistas sobre su identidad.

Ella considera que esa crítica es válida, pero explica que hay dos detalles que era preciso aclarar para dar sentido a su denuncia.

El primero es que la había violado alguien que era su jefe, pues de no hacerlo habría dado paso a especular que el agresor podría ser alguien de su entorno familiar. El segundo, que estaba hablando de alguien muy poderoso.

“Yo apelo a que la gente entienda –explica– que los abusos sexuales parten del poder que tienen los agresores para violentar a sus víctimas. Estamos hablando de círculos de poder, de escalas de poder, de impunidad, de cómo la mujer y el hombre agredidos están desprotegidos, de cómo el Estado es incapaz de protegerlos… a eso quiero llegar, a que podamos trabajar en esos sin sentir una noción de inseguridad.”

–¿Esa noción de inseguridad la ha sentido en estos días?

–Lo que siento es que la zozobra y el miedo están más en la gente que lo quiere a uno que en mí misma. En este momento hay gente que dice: “Usted se tiene que ir del país, coja a su esposo y a su niñita y se va del país”. Y podría irme para cualquier parte, pero no lo voy a hacer. Mi vida está acá.

La doctora en ciencia política Sandra Borda dice que Morales “tiene un miedo totalmente legítimo, porque aquí matan a personas que deciden denunciar abusos”, como lo comprueban los 170 líderes sociales y activistas humanitarios asesinados en 2017.

“Salir a hacer una denuncia pública de este calibre no es tan fácil en América Latina –señala la profesora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano–, porque con la pobreza de nuestro estado de derecho, en esta región es muy difícil que campañas como #MeToo y #YoTambién tengan algún futuro.”

La fiscalía abrió una investigación sobre la violación denunciada por Morales y ella acudirá a declarar en los próximos días, aunque señala: “De mi boca no va a salir el nombre del agresor”. Por eso, y porque no existe evidencia física del ataque, es muy difícil que el responsable sea penalizado.

Además de Claudia, el nombre del violador lo conocen su esposo y cuatro de sus amigos. Con ellos “mi secreto está a salvo”, asegura.

La periodista está decidida a trabajar en programas de ayuda a mujeres víctimas de abuso sexual. Piensa que “eso es lo que realmente tiene valor y lo que le da sentido a mi denuncia”.

Este reportaje se publicó el 4 de febrero de 2018 en la edición 2153 de la revista Proceso.



  








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