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La estrategia militar que acabó con Zapata



La estrategia militar que acabó con Zapata


Tomado de El Universal
Elisa Villa Román
10 de abril de 2019

Una operación militar encubierta, ordenada desde el gobierno federal, tenía por objetivo al Atila del Sur. Nadie podía capturarlo. Fueron necesarios mil soldados para emboscarlo y matarlo a traición. A cien años del asesinato de Emiliano Zapata, recordamos uno de los días más oscuros de la Revolución.

El 11 de abril de 1919 los habitantes del Valle de México y alrededores despertaron con la noticia de que Zapata había sido asesinado. Los titulares de los grandes diarios de la capital afirmaban que con su muerte el zapatismo llegaba a su fin. Nadie podía creerlo.

Su asesinato representaba una oportunidad de pacificación en los estados de Morelos, Guerrero y Puebla. O al menos eso decían los grupos en el poder, justificando la traición al general Emiliano Zapata Salazar.

Los diarios de la época documentaron saqueos, asesinatos, violaciones, raptos a mujeres y niñas, y un pueblo sumido en el hambre, la pobreza y las enfermedades. El país llevaba nueve años en guerra y el panorama era desolador.

En vísperas del asesinato de Zapata se discutía en el gobierno la aplicación del artículo 27 de la Constitución promulgada dos años atrás. En él se establecía que únicamente los mexicanos por nacimiento o naturalización tenían derecho a explotar minas, aguas y combustibles en territorio nacional. Se buscaba una forma de aplicar el artículo a las empresas extranjeras que realizaban sus operaciones en México.

Mientras tanto, una operación militar se gestaba en secreto y tenía por objetivo a Zapata, a quien la prensa apodó “El Atila del Sur” para compararlo con el poderoso rey de los hunos, enemigo del Imperio romano célebre por su bravura en el campo de batalla.

Nadie podía capturar al mexicano. Fueron necesarios mil soldados y una maniobra preparada con semanas de anticipación para emboscarlo y asesinarlo a traición, en la que intervinieron altos mandos en el poder.

Pero vayamos un paso atrás. Zapata nació en el poblado de Anenecuilco (del náhuatl "vuelta que hace el río"), Morelos, el 8 de agosto de 1879, hijo de Gabriel Zapata y Cleofas Salazar. Se le ha descrito como un hombre sencillo y educado en las labores del campo, que si bien no nació en una familia humilde, conocía las necesidades de su pueblo.

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Aunque es común asociar a Emiliano Zapata con el lema “Tierra y Libertad”, el lema que en realidad utilizaba era “Reforma, Libertad, Justicia y Ley”. Foto: retrato de Emiliano Zapata Salazar.

Cuando la guerra estalló, Zapata se unió a la lucha armada. Fue tan influyente que afectó los intereses de los más poderosos de la época. Según historiadores, la carta que Zapata dirigió a Carranza en marzo de 1919 detonó una encarnizada persecución contra él y su ejército.

Alegando la pacificación del Estado de Morelos, Venustiano Carranza, presidente de México del 1 de mayo de 1917 al 21 de mayo de 1920, ordenó el exterminio de los zapatistas a costa de lo que fuera y estableció un “círculo de fuego” para contenerlos. Zapata y sus tropas buscaron refugio en las montañas. La desmoralización permeó en sus filas y algunos de los principales líderes se rindieron.

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“Con el derecho que me da mi rebeldía de nueve años siempre encabezando huestes formadas por indígenas y por campesinos, voy a dirigirme a usted, C. Carranza, por vez primera y última”, dicen las primeras líneas de la carta en que Zapata desconoció a Carranza como presidente, dos meses antes de su asesinato. Foto: portada del 14 de abril de 1919 sobre los funerales de Zapata. Archivo EL UNIVERSAL.

El contenido de la carta pública, hoy en poder del Archivo General de la Nación, hizo enfurecer tanto a Carranza que ordenó la inmediata desaparición del caudillo, pues le exigía devolver el poder al pueblo, lo desconocía como presidente y señalaba de dictador. La carta decía:

"Voy a decir verdades amargas, pero nada expresaré a usted que no sea cierto, justo y honradamente dicho. Usted (convirtió) la Revolución en provecho propio y de un pequeño grupo de sus allegados, de amigos o de incondicionales, que le ayudaron a usted a subir y luego le ayudaron a disfrutar del botín alcanzado: riquezas, honores, negocios, banquetes, fiestas suntuosas, bacanales de placer, orgías de hartamiento, de ambición, de poder y de sangre".

El general Pablo González, jefe del cuerpo de operaciones en el estado de Morelos, recibió la orden de acabar con Zapata. Por medio su subalterno, el coronel Jesús Guajardo, un grupo de soldados se mezcló entre los zapatistas para fungir como espías.

Jesús Guajardo hizo creer a Zapata que se había rebelado contra el gobierno y quería unirse a su ejército. Por esas mismas fechas Pablo González comunicó a la prensa que se retiraría del ejército para enfocarse en los trabajos relacionados con la siguiente campaña presidencial, donde lo postularían como candidato a la Primera Magistratura. Todo iba conforme al plan.

Zapata consideró a Guajardo como un hombre de confianza y justo con la causa revolucionaria. Se sabe que el caudillo lo invitó a comer el 9 de abril, pero Guajardo fingió sentirse enfermo y no asistió, ofreciendo reagendar la reunión para el día siguiente.

Esta vez Guajardo sería el anfitrión. Sabía que los consejeros de Zapata comenzaban a desconfiar de él y envió a un emisario a primera hora del 10 de abril para invitarlo a beber unas cervezas y charlar después del mediodía en la Hacienda de Chinameca.

En una de las habitaciones, Guajardo mandó a preparar una mesa llena de botellas con cerveza y aguardiente. En esas estaba cuando llegaron los generales zapatistas Castrejón y Amole, que se habían adelantado a la reunión.

Los tres, como viejos amigos, brindaron con aguardiente y el alcohol borró desconfianzas. Entonces se escuchó un clarín a lo lejos, entonando el saludo que sólo a los generales de división se tributa. Había llegado Emiliano Zapata.

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Primera plana del 14 de abril de 1919 sobre los funerales del general en un comparativo con el diario actual. Archivo EL UNIVERSAL

Se levantaron y miraron por la puerta de la habitación. Desde allí vieron cómo se acercaba Emiliano, seguido de su secretario particular Feliciano Palacios, de su sobrino Maurillo, de su Estado Mayor y de ciento cincuenta hombres escoltándolo.

Las tropas de Guajardo tenían instrucciones de que al primer toque del clarín, le presentarían armas al jefe rebelde como una demostración de respeto. Relatos de la época coinciden en que el clarín tocó tres veces una llamada de honor y en la última nota, casi mil hombres dispararon prácticamente a quemarropa a Emiliano y su escolta.

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El diario “Excélsior” publicó el 1 de abril de 1919 que Emiliano Zapata utilizaba las condecoraciones que alguna vez pertenecieron al general Ignacio Zaragoza. Jefes zapatistas capturados ese mismo año por Pablo González declararon que Zapata portaba en su chaqueta de cuero el cordón del Mérito Militar, medallas y cruces que fueron robadas del antiguo Museo Nacional de Artillería alrededor de 1914. Foto: portada del diario Excélsior, del 11 de abril de 1919.

“Los soldados del traidor Guajardo, parapetados en las alturas, en el llano, en la barranca, en todas partes, descargaban sus fusiles sobre nosotros. La resistencia fue inútil. Éramos un puñado de hombres consternados por la pérdida del jefe”, declaró en su momento Salvador Reyes Avilés, secretario de Emiliano Zapata que logró escapar con vida.

Al ver esto, Castrejón y Amole sacaron sus pistolas, pero Guajardo se adelantó y disparó sobre ellos, hasta matarlos. Según la crónica publicada en este diario el 11 de abril de 1919, Guajardo salió de la habitación para dirigir el combate, que ya duró poco tiempo.

En el tiroteo también asesinaron a Gil Muñoz; Feliciano Palacio, secretario de Emiliano Zapata; Ceferino Ortega y Castrejón; el coronel Lucio Castida; y resultó herido el general Capistrán, que huyó después con el resto de la escolta zapatista. Fueron alrededor de 40 rebeldes muertos, todos sepultados en Chinameca.

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La gente compró los periódicos a precios más elevados de lo normal y aun así se vendieron rápido. Por eso los diarios pasaron de mano en mano, y en otros casos se formaron “coros” para escuchar su lectura. Circuló el rumor de que los soldados zapatistas sobrevivientes huyeron a Guerrero y Pablo González les dio persecución. “Serán pronto exterminados y todo este estado (Morelos) se pacificará definitivamente”, dice una nota publicada el 13 de abril de 1919.

Guajardo temía que los zapatistas regresaran a cobrar venganza e hizo que sus hombres colocaran el cuerpo de Zapata atravesado sobre un caballo para marchar hacia Cuautla, donde llegaron alrededor de las 9:30 de la noche, como se puede verificar en un telegrama que el mismo general Pablo González envió a EL UNIVERSAL:

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“Señor Director de EL UNIVERSAL:

Por ser una noticia de la más alta importancia para la consolidación del gobierno constituido y para la paz de la República, tengo la honra de informar a usted que hoy a las 9:30 p.m. llegó a esta ciudad el Ciudadano Coronel Jesús Guajardo con sus fuerzas, trayendo el cadáver del célebre cabecilla suriano Emiliano Zapata que por tanto tiempo ha sido el alma de la rebelión en estas regiones y había sabido mantenerse fuera del alcance de las más activas persecuciones que se le habían hecho. En el combate en que murió Zapata fueron muertos también tres o cuatro de los principales jefes que lo acompañaban. El cadáver de Zapata ha sido plenamente identificado en esta ciudad. Ya se tomaron fotografías del mismo para ser remitidas a la Prensa.

Atentamente, el General en Jefe P. GONZÁLEZ”.

Planeaban exhibir su cuerpo durante cuatro días en Cuautla. A pesar de haberlo inyectado, el cadáver comenzó a descomponerse y tuvieron que sepultado el 12 de abril a las cinco de la tarde con 10 minutos.

Las crónicas señalan que hasta esa hora el cadáver del general continuó expuesto al público en el Palacio Municipal, ante la mirada de cientos de pobladores que incrédulos desfilaban frente a él. Se calculó que alrededor de 3 mil personas llegaron de todas las regiones. Gente de Cuautla, de la sierra y hasta de la Ciudad de México; todos querían asegurarse de que el Atila del Sur había muerto.

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En el sepelio también estuvieron presentes los generales Pablo González, Gonzalo Novoa, Pilar R. Sánchez y numerosos militares de menor graduación. EL UNIVERSAL envió al reportero José González M. a Cuautla, Morelos para recabar toda la información disponible sobre los funerales del general Zapata. Sus crónicas se conservan hasta nuestros días en la hemeroteca de este diario. En primera la foto se muestra un desfile de las tropas zapatistas, como parte de una exposición de 42 imágenes inéditas que se dieron a conocer en 2010, en el centenario de la Revolución Mexicana. La segunda foto se tomó el 6 de abril de 2019 durante un desfile a caballo que pobladores de Ayala, Morelos, realizan cada año para recordar al general.

Luego lo llevaron al panteón municipal. De acuerdo con una nota de la época, el féretro fue llevado en hombros de varios presos zapatistas: “Iban los generales Pablo González, Jesús Novoa y Pilar R. Sánchez. También formaban el cortejo fúnebre los señores Antenor Sala, Juan Sarabia, los tenientes coroneles Antonio L. Cano y Eleuterio Hernández, los mayores Carlos Oviedo, Valente Romero y Roberto Núñez y muchos otros oficiales del Cuerpo de Operaciones del Sur”.

El público, silencioso, presenció el desfile y personas de la familia del rebelde acompañaron el cortejo. A su paso se abrieron puertas, ventanas y balcones. Al llegar al cementerio, una señora arrodillada lloraba en silencio. Los enterradores bajaron el féretro poco a poco y la mujer arrojó un puñado de tierra sobre la caja del general, secándose las lágrimas con la punta de su rebozo.

“El cadáver de Zapata fue llevado a una fosa situada a la izquierda de la entrada de la necrópolis, en la segunda fila y cerca de la pared que limita al cementerio. La cabeza quedó al poniente y muy cerca de ese lugar crece un guayabo”, dice una crónica de la época. Hoy es posible visitar el panteón y conocer el lugar exacto donde se ubicaba su tumba, que en los años 50 se mudó a la Plaza Revolución del Sur, adornada por una estatua de cuerpo completo del general.

“Abraza Emiliano al felón Guajardo
en prueba de su amistad,
sin pensar el pobre,
que aquel pretoriano
lo iba ya a sacrificar.
Y tranquilo se dirige
a la hacienda con su escolta;
los traidores le disparan
por la espalda a quemarropa”.
Fragmento de un corrido a Emiliano Zapata

A pesar de que su cadáver fue “plenamente identificado” por sus allegados, como reportaron las autoridades de la época, algunas personas se negaron a aceptar la muerte del general y surgieron mitos populares en torno a él. Todavía es común que los morelenses los incluyan en sus conversaciones. Durante un recorrido realizado por este diario en el poblado de Anenecuilco, algunos lugareños afirmaron que Zapata no murió como nos hicieron creer:

Se fue con su compadre a Arabia. Su hijo fue a visitarlo varias veces”, dijo un comerciante de la zona. “Al que mataron fue a su compadre; era igualito a él”. Ninguna de estas afirmaciones ha sido comprobada de manera oficial. Pero a un siglo de su muerte, los habitantes de estas tierras siguen recordándolo.

Desde hace 22 años un grupo de jinetes de Chinameca y alrededores organizan un desfile a caballo que reproduce la ruta original de la última cabalgata que hizo Emiliano Zapata antes de ser asesinado, y en Anenecuilco todavía se conservan las ruinas de su hogar, donde sigue presente en la memoria de su gente. Tal vez de esa forma alcanzó la inmortalidad.

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En la plaza principal de este pueblo se levanta una estatua de Emiliano Zapata, rodeada de placas con los nombres de sus soldados más destacados. También existe un museo donde alguna vez fue su casa, de la cual todavía quedan los ladrillos originales de adobe abrazados por un mural que narra la historia del general, pintado por el maestro Roberto Rodríguez Navarro. Fotos: museo-casa de Emiliano Zapata, en Anenecuilco, Morelos. Comparativo de 1994 y 2019. Archivo EL UNIVERSAL.

Nuestra foto principal muestra a Emiliano Zapata junto a sus tropas. La fotografía comparativa antigua es la entrada a Anenecuilco, en el municipio de Ayala, Morelos, 1994. Pertenece al archivo de este diario. La foto actual retrata la parte frontal del Museo-Casa de Zapata, fue tomada por Elisa Villa en 2019.

Fuentes:
Hemeroteca El Universal
Fototeca El Universal
Museo-Casa de Emiliano Zapata. Anenecuilco, Morelos.
“Emiliano Zapata y el origen del mito”, artículo de Edgar Rojano García, investigador del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM).
Carta pública de Emiliano Zapata a Venustiano Carranza, resguardada por el Archivo General de la Nación: https://bit.ly/2UIAAv7



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